miércoles , 13 noviembre 2019
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Un original hotel de campo hecho con vagones de tren

Fuente: Clarín

Buscando alternativas laborales para la región, encontramos este ingenioso hotel en la provincia de Buenos Aires.
Hasta una casilla rural -de las que ocupan los hombres de campo en sus campañas agrícolas- fue adaptada al turismo, con resultados bellísimos.

Ideas para aumentar la oferta regional de turismo, y a la vez generar trabajo.

Al paisaje rural que se descorre generosamente mientras el sol se dispone a iluminar la mañana fresca no le falta ninguna pieza para recrear las viñetas que Florencio Molina Campos sabía trazar con su mano virtuosa. De tan amplia, la pampa húmeda que satura de verdes el partido de Magdalena alcanza el horizonte y sugiere que sus pliegues se alargan mucho más.

El casco principal de la casa de campo Los Dos Vagones, a mitad de camino de Bavio a Viéitez por la ruta 36, replica a escala real cualquiera de los ranchos ilustrados por el artista en los legendarios almanaques. Alrededor, inmersas en la más sosegada atmósfera que un espíritu desbordado de estrés pueda demandar, vacas gordas pastan sin tensiones, a prudente distancia de las yeguas de crines brillosos que trotan por los pastizales observadas de cerca por dos gauchos madrugadores. Detrás de la tranquera y un tanque australiano, un carruaje algo desvencijado estampa sus huellas sobre un camino de tierra.

El día recién despunta, pero ya estalló el chillido largo de las cotorras, trepadas a eucaliptos, talas, acacias y paraísos. El entorno parece dotar el mejor ánimo a Miriam Gattari, que invita a pura sonrisa a sumarse a un relajado paseo por el parque. Tras los primeros pasos, la caminata sobre el suelo tapizado de tréboles y hojas secas se perfila como una clase didáctica en constante movimiento. Un viento intermitente sopla sin convicción, aunque con suficiente fuerza para empujar las aspas del molino. La dueña de casa aprovecha para explicar el funcionamiento de ese sólido vigía metálico, apuntado por las cámaras de fotos de los visitantes desde el muelle de una aguada artificial.

Los restos de un descolorido sulky se acomodan en un rincón junto a un aljibe inutilizado, tarros lecheros y tinajas de barro. El puñado de trastos preservados desde hace décadas se unen a nidos de avispas, un arado de mancera para abrir la tierra -la herramienta que antecedió al sistema de siembra directa-, una bomba de agua manual y una palangana, para completar la informal puesta de un museo a cielo abierto.

La tupida arboleda recubre de sombras un tráiler reciclado como spa y sala de masajes. Las modernas instalaciones añadidas a la casa rodante dejan entrever una versión libre del glamoroso glamping y perfilan las comodidades y los delicados detalles con que la anfitriona decidió revestir sus creaciones más apreciadas: dos robustos vagones de tren convertidos en habitaciones con vista al sugerente entorno natural.

Un rayo de sol se cuela por una hendija y resalta el semblante de Gattari, que denota orgullo ante su obra cumbre. El pasado ferroviario sobrevuela entre las imágenes que decoran la habitación y dejan en el aire un halo de misterio por ese tiempo pasado, cuando estas cuatro paredes de madera eran parte del transporte de carga de productos perecederos por los pueblos bonarenses desperdigados hacia el sur de La Plata. La mujer -una bioquímica que dejó su casa en el porteño barrio de Colegiales para hacerse un lugar como una digna emprendedora rural- se desplaza casi en puntas de pie por el interior del coche cama estacionado, convencida de que el menor descuido puede arruinar el impecable aspecto que luce el piso de lapacho original. Conejos y gallinas merodean la escalerilla del vagón en demanda de alimento. Miriam corre hacia el corral esquivando charcos y amenazantes ramas espinosas para satisfacer el pedido.

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